opiniones y tendencias

La Derrota Mundial - El libro de Salvador Borrego


El libro de Salvador Borrego, titulado “La Derrota Mundial” es mucho más que una puntillosa recopilación de hechos históricos irrefutables, expresados con palmaria claridad y sin ninguna pretensión de encubrir, el férreo alineamiento ideológico de su autor.

Leer esta obra invita al análisis y estimula la sana curiosidad por entender los sucesos políticos del siglo pasado, que se proyectan con indudable influencia en el presente.



Clara, precisa y reveladora, esta obra, por su contenido veraz, ni siquiera ha podido ser denostada por sus detractores, quienes han preferido hundirla en el olvido mediante una sistemática, eficiente y prolongada campaña de silencio, mediante la compra masiva con fines de ocultamiento y destrucción de sucesivas ediciones e incluso desde el robo y ocultamiento de los ejemplares de esta magnífica obra de los escaparates y depósitos de muchísimas bibliotecas.

La mano eficaz del “idiotismo útil”, tan funcional a la propaganda sionista y marxista de la postguerra ha tratado por todos los medios, de sustraer esta maravillosa y prolija obra, de la vista de los lectores “imparciales”, en el convencimiento, que su sola lectura, unida a un sencillo ejercicio de la lógica más elemental, arrojaría por tierra, decenas de años de mentiras sustentadas por los profesionales del engaño y la estafa moral.

Algunos capítulos, en especial los últimos, arrojan, además, mucha luz sobre la metodología empleada por los paladines de la mentira y la subversión ideológica, métodos que han sido aplicado luego, en forma ”calcada”, contra nuestros propios soldados, victoriosos en la guerra antisubversiva y que actualmente se encuentran privados de su libertad, “prisioneros políticos” de este gobierno de ladrones y traidores a la argentinidad, verdaderos “cipayos” del nuevo orden mundial “progresista”, globalizador, antinacional, sionista, anticristiano y marxista.

Quiera Dios, nuestro señor, que pronto recuperemos la fuerza moral que nos permita sacudirnos el yugo del hereje. Quiera Dios que nuestros soldados injusta y cruelmente presos, resistan lo suficiente, para compartir la Gloria de ese día.

Página oficial
http://www.salvadorborrego.com/


El 24 de marzo que no se cuenta. Por Nicolás Márquez

En las primeras semanas de 1976, la guerra civil dominaba la escena y el gobierno de María Estela Martínez de Perón era impotente para controlarla. Ni el oficialismo quería seguir haciéndose cargo de una situación inmanejable ni la oposición quería reemplazarla.

Todos tenían los ojos puestos en las Fuerzas Armadas, para que solucionasen de oficio lo que la dirigencia política no sabía ni podía ni quería resolver.

El 27 de febrero, el comité nacional de la UCR publicó la siguiente declaración desestabilizadora: “El país vive una grave emergencia nacional… ante la evidente ineptitud del Poder Ejecutivo para gobernar… Toda la Nación percibe y presiente que se aproxima la definición de un proceso que por su hondura, vastedad e incomprensible dilación, alcanza su límite” (1). Desde meses antes, “el general Viola mantenía conversaciones con Balbín y Antonio Tróccoli. Juan Carlos Pugliese, futuro ministro de Alfonsín, defendía en 1975 la actuación del general Menéndez en Córdoba” (2).

Renombrados dirigentes de la oposición y del propio peronismo confabulaban en reuniones con militares y “hasta sindicalistas como Casildo Herreras iban a verlo a Videla para decirle que, aunque en público no podían declararlo, también ellos consideraban que el gobierno era un desastre, que eran sus amigos y que deberían tenerlos en cuenta después del golpe si finalmente lo llevaban a cabo…

Lorenzo Miguel, por su parte, visitaba al almirante Massera… Hasta el veterano dirigente radical Ricardo Balbín celebró una reunión secreta con Videla en una casa neutral. Allí… (Balbín) le espetó sin rodeos: “General, ¿van a dar el golpe?…
Si van a hacer lo que yo pienso, háganlo lo antes posible; evítenle al país esta lenta agonía. Yo, como político, no voy a aplaudirlo, pero tampoco pondré piedras en el camino” (3).

El terrorismo sacaba provecho del desbarajuste institucional. Cometía salvajes asesinatos, mientras la clase política, para no contrariar la opinión popular, proclamaba desembozadamente la necesidad de orden y alababa sin cortapisas a las FF.AA.. Hasta el Partido Comunista, el 12 de marzo, “reiteró su propuesta de formación de un gabinete cívico-militar” (4).

Los días previos al 24 de marzo, los terroristas asesinaron a personalidades de muy alta envergadura, entre ellos el empresario Héctor Minetti, el coronel Héctor Reyes, el sindicalista Adalberto Giménez y, el 15 de marzo, en espectacular atentado explosivo en la playa del edificio Libertador, muere Blas García y resultan heridos 23 personas. “Verbitsky (Horacio) fue acusado de ser el conductor de ese atentado, durante el proceso promovido por el fiscal Juan Martín Romero Victorica en 1992″. (5)

Los legisladores reconocían el caos y ratificaban su incapacidad de enfrentar la crisis.

El presidente de la Cámara de Diputados, Sánchez Toranzo, afirmaba: “Doloroso es el precio que pagan los hombres de armas en el cumplimiento de los deberes que la hora les impuso. Que este sacrificio no sea en vano por la renuencia de la civilidad” (6); la entonces diputada Nilda Garré (hoy ministra de Defensa) denunciaba: “Las cotidianas desapariciones… y tantos otros hechos similares vienen formando un siniestro rosario de crímenes miserables que se suceden sin que un solo culpable sea identificado”. [/b]PUTA BORRACHA Y CORRUPTA!!!!

El senador radical Eduardo Angeloz, con esa imprecisión tan inherente a su partido de pertenencia arengaba: “Alguien tiene que dar la orden… alguien tiene que decir basta de sangre en la República Argentina”. Pero la expresión más clara de lo que la clase política podía dar fue del diputado Molinari: “¿Qué podemos hacer? Yo no tengo ninguna clase de respuesta”.

El líder máximo de la UCR, Ricardo Balbín, 48 horas antes del 24 de marzo, afirmó: “Hay soluciones, pero yo no las tengo”. Ello no hizo más que verbalizar lo que se venía haciendo detrás de las cortinas: instigar a las FF.AA. a tomar la iniciativa.

Respecto de la guerra antisubversiva, suele argumentarse que la solución podía venir no ya por un “golpe”, sino a través de una “salida política”, tanto sea a partir de un juicio político o de nuevas elecciones.

Pero las posibilidades de “juicio político” se hallaban totalmente obstaculizadas (el PJ, que tenía mayoría parlamentaria, no quería “derrocar” abiertamente a la viuda de Perón) y, además, el hecho de pensar en que otro gobierno de jure iba a solucionar el caos terrorista e institucional no dejaba de ser una noble pero ingenua expresión de deseos, desmentida por la experiencia. Ya habían pasado ininterrumpidamente cinco presidentes de jure (Cámpora, Lastiri, Perón, “Isabelita” y, tras su “licencia”, Luder), sin que ninguno pudiera efectuar una sola condena a ningún guerrillero (por el contrario, fueron amnistiados en mayo de 1973).

Otro slogan de la tan insistente como omnipresente Mentira Oficial es mencionar la cercanía entre la intervención cívico-militar y las elecciones (ante el caos, se había adelantado la fecha en que debían sustanciarse, fijándose el mes de octubre de ese año).

Cabe preguntarse: ¿quiénes eran los candidatos presidenciales del PJ, la UCR y el resto de las fuerzas? ¿Quiénes estaban en campaña? ¿A quiénes beneficiaban las encuestas? ¿Estaba confeccionado el padrón electoral? En efecto, no había candidatos ni campaña ni clima electoral, porque nadie quería ir a elecciones y todos, activa o pasivamente, esperaban ansiosos que las FF.AA. reemplazaran de una vez al gobierno decadente. Como si la guerra civil y el desgobierno fueran poco, los números económicos se desplomaban y la hiperinflación (según informe de FIEL) (7) arrojaba una proyección anual del 17.000% para 1976.

Los días previos al 24 de marzo, las declaraciones de personalidades y las notas de los diarios reflejaban el clima de terror y el desgarrador pedido de cambio de gobierno. “La Opinión” publicaba: [b]“Un muerto cada cinco horas, una bomba cada tres” (19/03/76).

El 20, el mismo diario informaba: “Prácticamente un 90% de los argentinos habla hoy de la proximidad de un golpe de estado”. Ese día, el dirigente justicialista Jorge Antonio manifestaba: “Si las FF.AA. vienen para poner orden y estabilidad, bienvenidas sean”.

Francisco Manrique, presidente del Partido Federal (por entonces la tercera fuerza electoral), afirmó: “Estamos asistiendo al sepelio de un gobierno muerto, al desalojo de una pandilla” (8).

El 21 de marzo, “Clarín” informaba: “Los legisladores que asistieron al Parlamento se dedicaron a retirar sus pertenencias y algunos solicitaron un adelanto de sus dietas”; el mismo día, “La Prensa”: “Hubo 1.358 muertos desde 1973 por acciones terroristas”.

Al día siguiente (22 de marzo), el senador Fernando de la Rúa arremetió: “Es increíble que la presidente, que proclama su afición a los látigos, ni siquiera desmienta que su ex ministro y principal consejero, López Rega, siga alojado en su quinta madrileña, convertida en aguantadero de un prófugo de la justicia” (9). El 23, “La Opinión” titulaba: “Una Argentina inerme ante la matanza”, y agregaba: “Desde el comienzo de marzo hasta ayer, las bandas extremistas asesinaron a 56 personas”; esa fecha, “La Razón” redundaba: “Es inminente el final. Todo está dicho”.

Llega el 24 de marzo. Ante tal desconcierto, la Junta de Comandantes, acompañada y respaldada por toda la ciudadanía y los partidos políticos (incluyendo al PC), debió hacerse cargo de la conducción del país en medio de la guerra civil desatada por las bandas terroristas. Sin disparar una sola bala, las nuevas autoridades sustituyeron pacíficamente a “Isabelita”. La consigna no era destruir las instituciones, sino conservarlas; no se pretendía quebrar el “estado de derecho” (como si hubiese uno), sino recomponer el “estado de deshecho”.

El flamante gobierno obtuvo el beneplácito de todos los partidos políticos (que hoy desesperadamente se despegan de su “procesismo” de otrora).

De las 1.697 intendencias vigentes en la gestión de Videla, solo el 10% eran comandadas por miembros de las FF.AA.;
el 90% restante, por civiles repartidos del siguiente modo:
el 38% de los intendentes eran personalidades ajenas al ámbito castrense, de reconocida trayectoria en sus respectivas comunas,
y el 52% de los municipios era comandado por los partidos tradicionales en el siguiente orden:
“La UCR, con 310 intendentes en el país, secundada por el PJ (partido presuntamente “derrocado”), con 192 intendentes; en tercer lugar se encontraban los demoprogresistas con 109, el MID con 94, Fuerza Federalista Popular con 78, los democristianos con 16 y el izquierdista Partido Intransigente con 4″ (10).

La habilidad de los partidos políticos y sofistas coyunturales en hacerse los distraídos con respecto a las responsabilidades y cargos ocupados en el gobierno de facto ha provocado que las nuevas generaciones crean que el gobierno del Proceso cayó de un meteorito y se instaló mágicamente en el poder “contrariando la voz del pueblo”.

Tanto la prensa internacional como los diarios más relevantes de la época apoyaban con fervor a las nuevas autoridades. [/b]

Los siete jueces que en 1985 juzgaron a los comandantes fueron funcionarios judiciales del Proceso, y el fiscal de aquel polémico juicio, el Dr. Julio Strassera, fue nombrado fiscal y luego juez, precisamente, por Videla.....JUECES TRAICIONEROS!!!!!!!

No se conoce ninguna denuncia por “violaciones a los derechos humanos” efectuada por estos hombres del derecho durante su desempeño como funcionarios de la “dictadura genocida”. El redactor del libro Nunca Más y presidente de la Conadep, Ernesto Sábato, almorzaba distendidamente con Videla, lo adulaba en público, apoyó el Mundial 78 y respaldó la guerra de Malvinas.

En la población, el consenso sobre el Proceso no fue fugaz. Duró varios años. A pesar de la personalidad fría y poco carismática de Videla, al jugarse el Mundial de Fútbol en 1978, éste acudió a las canchas en seis cotejos, en los cuales fue ovacionado por la multitud. Cuando la selección nacional se alzó con el título, miles de ciudadanos fueron a festejar, no al Obelisco, sino a la puerta de la Casa de Gobierno, y Videla debió salir al balcón a saludar a la multitud que lo aclamaba.

Sólo al comenzar la década del 80, y ante un plan económico que con motivo de la crisis del petróleo internacional comenzaba a mostrar debilidades, el malhumor social empezaba a vislumbrarse, pero no por las supuestas “violaciones a los derechos humanos” acaecidas en la guerra antiterrorista, sino por las abruptas oscilaciones acaecidas en el tipo de cambio monetario.

LOS LAMECULOS DE ESTE GOBIERNO DE RIDÍCULOS E INOPERANTES, DEBERÍAN RECURRIR A PERSONAS COHERENTES Y "NO CASADAS" CON IDEOLOGÍAS OBSOLETAS.
EL ZURDISTO, NO EXISTE, NI EXISTIÓ JAMÁS, PUES LA HISTORIA HA DEMOSTRADO FEHACIENTEMENTE, QUE LOS QUE SE AUTOPROCLAMABAN COMO "ZURDOS" ERAN TODO LO CONTRARIO: LES GUSTABA VIVIR EN LA OSTENTACIÓN DE BIENES, ENTRE LUJOS, VIAJES, PODER, MUCHO PODER, Y ABSOLUTAMENTE NADA DE DEMOCRACIA, NI RESPETO POR LAS INSTITUCIONES, POR LA FAMILIA, NI LA SALUD, NI LA EDUCACIÓN......AL SUPUESTO ZURDO, LO ÚNICO QUE LE INTERESA ES EL PODER Y EL DINERO....Y MANTENER EN EXTREMA POBREZA AL PAIS QUE SE ENCUENTRA DEBAJO DE SUS "ROÑOSAS PATAS".

Notas

(1) Citado en Responsabilidad Compartida, García Montaño (diario “La Opinión”).

(2) Crítica a las Ideas Políticas Argentinas, Juan José Sebreli.

(3) De Isabel a Videla, Carlos M. Turolo (4) Ob.- Cit Juan José Sebreli.

(5) Verbitsky de La Habana a la Fundación Ford, Carlos Manuel Acuña.

(6) La Mentira Oficial, Nicolás Márquez (7) La Mentira Oficial, Nicolás Márquez

(8) Los Increíbles Radicales, M. H. Laprida.

(9) Ob. Cit. García Montaño, “La Voz del Interior”.

(10) diario “La Nación”, 25 marzo 1979.

(11) Otros datos fueron obtenidos del libro La Subversión, la Historia Olvidada - AUNAR).

Nicolás Márquez es abogado y periodista, autor del libro “La Otra Parte de la Verdad” y de “La Mentira Oficial, el setentismo como política de Estado”, de reciente aparición.

Un envío de Arturo Larrabure
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EL PORNO CIPAYISMO DE FEDERICO ANDAHAZI - Por Antonio Caponnetto

Desagravio a Juan Manuel de Rosas

I.-Agravio absurdo a Juan Manuel de Rosas

Cuando parecía agotado el repertorio de embustes y de maledicencias contra Juan Manuel de Rosas, elaborados por los cultores de una historia falsa, ya liberal o roja, pero contestes todos en el tributo a la mentira oficialmente subsidiada.

Cuando el paso largo y arduo de casi un siglo y medio después de la muerte del Caudillo, permitía abrigar la esperanza de que recayeran sobre él juicios más acordes con el decoro de las pasiones sofrenadas que con el oportunismo audaz de los iletrados.
Cuando se preveía, al fin, que las obscenidades rentadas de Rivera Indarte no hallarían discípulos sino tajantes críticos y racionales objetores, emerge de la nada, continuando a aquel unitario ladino y procaz, un sujeto indocto que lleva por nombre Federico Andahazi.

El figurón, siguiendo una línea escatológica que le ha dado buenos dividendos y mundanal prestigio, acaba de editar el volumen segundo de una “Historia sexual de los argentinos”, titulada impiadosamente “Argentina con pecado concebida”, para poner en evidencia, ab initio, que su pluma meteca conserva intacta la capacidad sacrílega.

Promoviendo aquí y acullá su novísimo panfleto, merced al beneplácito de los medios masivos con la lucrativa hojarasca de esta catadura, el Andahazi ha comparado a Juan Manuel de Rosas con el execrable Josef Fritzl, aquel degenerado incestuoso y homicida de Austria, condenado recientemente tras conocerse los pormenores de sus inenarrables perversiones. “Nos espantamos al conocer la noticia de este austríaco que tenía secuestrada a su hija” –dice el bestsellerista- “y nosotros tuvimos uno igual pero en el poder, en el gobierno” (Cfr. Alejandra Rey, Entrevista a Federico Andahazi, ADN Cultura, La Nación, 25-4-09, p. 20). “Un tipo mantiene cautiva a una hija adoptiva, la viola y tiene seis hijos. Uno inmediatamente piensa en este personaje austríaco, pero estamos hablando de Juan Manuel de Rosas" (Cfr. Juan Manuel Bordón, Entrevista a Federico Andahazi, Clarin, 29-3-09).

La causa de tan inicua comparanza cree poder fundarla el antojadizo escriba en el mentado caso de Eugenia Castro, a quien describe como “hija adoptiva” de Rosas, “recluida y violada sistemáticamente”, sometida a destratos y humillaciones, y mantenida en la pobreza y sin educación. (Cfr. Alejandra Rey, Entrevista…etc, ibidem).

II.-La verdad sobre Eugenia Castro

La verdad histórica guarda austera distancia de este culebrón hediondo, y será bueno recordarla en prietas líneas. Eugenia Castro y su hermano Vicente fueron dados en tutoría a Rosas tras la muerte de su padre, el Coronel Juan Gregorio Castro, y la orfandad de madre en que ambos se hallaban. Ningún vínculo sanguíneo, familiar o parental unía al Restaurador con la joven. Los hermanos vivieron libremente alojados en el enorme predio de San Benito de Palermo, y con posterioridad a la muerte de Encarnación Ezcurra, hacia 1839, todo indica que el dueño de casa la tuvo a Eugenia por “querida”, engendrándole seis hijos según una versión, y siete según otras.

El ilegítimo amorío era un secreto a voces –desparramado adrede por la propaganda opositora- de modo que de oculto y prisionero tenía muy poco. Eugenia y sus hijos naturales eran vistos por los innúmeros y calificados visitantes del predio palermitano, compartía mesa, eventuales paseos y festejos, y así como fue consciente, voluntaria y consentida su relación con Rosas, podrá calificársela con todo derecho de pecaminosa, pero no de macabra, incestuosa, sanguinaria y sepulta bajo la tierra. Manuel Gálvez, por ejemplo, menciona la carta de salutación dirigida a Eugenia por un canónigo porteño. Algo difícil de llevar a cabo si la mujer hubiese estado sometida a un hermético y ruin cautiverio, como la desdichada hija de Fritzl.

Hay otros detalles de esta relación que impiden cualquier analogía indecente como la que ha trazado Andahazi con afán denigratorio. Rosas se ocupó de mantener, mejorar, administrar y ampliar la casa de Eugenia en el barrio de Concepción –operaciones todas de pública realización- y hasta cinco días después de la derrota de Caseros, con la meticulosidad ordenancista que le era proverbial, le entregó a Juan Nepomuceno Terrero los títulos de propiedad de la vivienda de la muchacha, 41.000$ que le correspondían de los alquileres cobrados y 20.000$ más pertenecientes a su hermano Vicente. La tragedia irrevocable se cernía sobre su futuro y sobre la patria entera, pero este hombre de singular capacidad reguladora se hizo de un tiempo para que todo aquello que le correspondiera a los Castro llegara a sus manos. Nada de cierto hay entonces en aquella calumnia –ahora remozada- que urdiera Antonio Dellepiane en 1955, cuando desde los antros de la Editorial Claridad pergeñara un suelto negando todo sentimiento paternal y protector en la conducta de Juan Manuel de Rosas.

Unas pocas cartas se intercambiaron Eugenia y Don Juan Manuel tras la caída de 1852. Rafael Calzada, en el tomo IV, capítulo XXVII de sus Cincuenta años de América. Notas Autobiográficas, de 1926, nos permite informarnos sobre su contendido. Obras posteriores, como la de María Sáenz Quesada, Las mujeres de Rosas, han sido más explícitas al respecto, aún sin tener intenciones laudatorias hacia el Dictador.

Sabemos así que Eugenia le manifiesta su lealtad, recuerdo y afecto al antiguo amante, la desazón en que se encontraba, las graves penurias por las que atravesaba, el destrato que padecía de parte de algunos, y “lo siempre bien recibida” que era “en la casa de la señora Ezcurra”. Sabemos asimismo que le obsequia al Restaurador con pañuelos bordados por alguna de las hijas naturales y un escapulario de la Virgen de las Mercedes. Sabemos, al fin, que se interesa “por su importante salud” y le desea “mil felicidades”, a la par que le solicita no ser olvidada y que le remita un retrato. El único regaño que le formula es por unos comentarios “quejosos” que le llegaron de parte de Doña Ignacia Cáneva.

Qué relación guarda todo esto con una mujer presuntamente esclavizada y violada incestuosamente, como quiere Andahazi, nunca se sabrá. Eugenia amaba a Rosas, y no se ha dicho nunca que éste fuera mujeriego, por lo que en la órbita inmoral del concubinato cabe deducir que él le guardó una excluyente correspondencia afectiva. Susana Bilbao, en su novela Amadísimo Patrón, que tampoco es una apología del Jefe de la Confederación, hace bien en sospechar que Eugenia no fue “una hembra destinada a parir, obedecer y servir”, porque no hubiera podido “alguien tan insignificante mantener durante doce años la atención de un hombre que por su riqueza, prestigio y belleza física hubiese podido elegir entre las mujeres más encumbradas de la nación sobre la cual ejercía un dominio absoluto”. Si no fue la Castro –ni debía serlo- la varona paradigmática de Encarnación Ezcurra, tampoco admite la lógica reducirla al papel de un lampazo, como la presenta Andahazi para acentuar la crueldad de su amante.

Rosas, por su parte, durante el doliente destierro, le remitió a Eugenia un puñado de cartas “muy expresivas y tiernas”, según él mismo las calificara. Le pide que lo acompañe en el exilio, junto con su prole, para mitigar entre ambos las comunes peripecias. Se disculpa por no haberle podido responder con antelación, “obligado por las circunstancias”, le aclara que dada la pobreza no puede remitirle dinero alguno, pero que si “la justicia del gobierno” le restituyera sus bienes, “entonces podría disponer tu venida con todos tus hijos”, como se lo solicitó después de aquel aciago 3 de febrero. También hay cartas cariñosas y unos menguados pesos para la hija Ángela, a la par que una lamentación por no poder remitir “algo bueno porque sigo pobre”. Entre “bendiciones”, “abrazos”, palabras cordiales y la aclaración de que “no me he casado”, las epístolas de Rosas cesan un día. Eugenia muere en 1876, y Ángela, su hija natural, apodada “El Soldadito”, recibe una larga misiva de pésame. En el Testamento, Don Juan Manuel dispone el dinero que ha de acordarse a todos los Castro, si alguna vez se le restituyera los bienes que injustamente le fueron despojados.

La pregunta retórica es la misma que nos hacíamos antes. Qué tiene que ver todo esto con un depravado incestuoso, criminal y esclavista como Josef Fritzl , es algo que únicamente puede pasar por la calenturienta testa de Andahazi, probando una vez más el acierto de Croce: “en materia de historia cada uno prefiere lo que lleva adentro”. Acertaba Fermín Chávez cuando a propósito de este delicado tema denunciaba las “misturas que confunden al lector; misturas que pueden llegar a la infamia […] aprovechadas por apícaras y picarones”, devenidos en “nuevos José Mármol, quien después de todo se está quedando cortito y pusilánime” (Cfr. Fermín Chávez, Los hijos naturales de Rosas, en Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, n. 35, Buenos Aires, 1994, p. 82).

III.-Héroe pero no santo

Digamos las cosas como son. No hay dos morales, con una de las cuales habría que juzgar a los hombres corrientes y con otra a los próceres. En todo caso, más obligado está el egregio a dar constante ejemplo virtuoso ante la grey confiada. El sexto mandamiento nos alcanza a todos, y Rosas pecó grave y persistentemente contra él. Ni justificaciones ni atenuantes nos importa hilvanar aquí. Mucho menos retruécanos ingeniosos, como aquel de Anzoátegui, según el cual, “el héroe es el que puede sacarse cien hombres de encima; el santo, el que puede sacarse una mujer de abajo”. Si esto es cierto, y puede serlo, lamentamos que Rosas no haya sido santo, y en nada nos alegra su reiterada incontinencia. Tampoco es encomiable que aquellos hijos naturales no hayan sido reconocidos por su padre. Casi como una parábola trágica de la patria misma, hundida tras la derrota de Caseros, la tradición oral que se ha colado en el tema cuenta que de los varones que le dio Eugenia, uno murió en la Guerra del Paraguay, otro acabó pocero en Lomas de Zamora, y otro peón de estancia por los pagos de Tres Arroyos. La herencia de uno de nuestros mayores y mejores patricios, concluyó tumbada sobre la tierra, entre el anonimato y la orfandad. Con pena inmensa lo pensamos y lo escribimos.

Pero Rosas, el pecador, el de la carne débil y el instinto irrefragable, el de la falta sempiterna contra la castidad que asoló por igual en la historia a príncipes y mendigos, pontífices y súbditos, no es el monstruo incestuoso y homicida que irresponsablemente ha retratado Andahazi, propinándole un agravio cobarde, impropio de un caballero, y antes bien semejante en sustancia al que Don Quijote –en el capítulo LXVIII de la Segunda Parte- describe como connatural en “la extendida y gruñidora piara”.

Tampoco es Rosas un hombre que pueda ser acusado de mantener cautiva a esta mujer, que a su modo amó y fue amado por ella. Si Eugenia pasaba el grueso de las jornadas en las verdes extensiones de San Benito, no era ello señal de que el predio fuera su cárcel, o de que el sigilo del romance espurio la obligaba al encierro. Es que el mismo Rosas, después de la muerte de su esposa –esto es, cuando comienza su relación con Eugenia- se aisló totalmente en Palermo, apareciendo muy rara vez en público, y abandonando hasta esa costumbre de recorrer de madrugada la ciudad para tomarle el pulso. Así nos lo narra Lucio V. Mansilla en el capítulo XI de su difundido Rozas. Ensayo histórico-psicológico. Distinto hubiera sido si el Restaurador, no por hábitos de misantropía sino por principios ideológicos, hubiera sostenido, como lo hace Alberdi en el capítulo XIII de Las Bases, que la mujer no debe tener una instrucción destacada sino “hermosear la soledad fecunda del hogar…desde su rincón”. O si hubiera justificado, como lo hace Sarmiento en el Diario del Merrimac, que las mujeres que conoció estaban para que él se aprovechara de ellas.

IV.- El libertador de cautivas

A Rosas no le debe la patria el reproche de haber tenido en cautiverio a una mujer, ultrajándola, sino la gratitud por haber liberado del cautiverio a centenares de mujeres que habían sido raptadas por los malones y que llevaban la vida miserable que conoce cualquier argentino que haya leído los cantos octavo y noveno de la segunda parte del Martín Fierro.

Amplísima es la bibliografía al respecto, precisas y detalladas las informaciones que se conservan, abultadas las fuentes documentales y pormenorizados los registros de casos concretos, múltiples y desoladores, de explotadas mujeres, que merced a la Conquista al Desierto encabezada por Don Juan Manuel, recuperaron su libertad y su dignidad, y la posibilidad de reinsertarse, junto con sus hijos, a la tierra de la que habían sido arrancadas furiosamente. Hasta la misma Academia Nacional de Historia, en un trabajo editado en 1979, con la firma de Ernesto Fitte y Julio Benencia, titulado Juan Manuel de Rosas y la redención de cautivos en su campaña al desierto.1833-1834, ante la calidad y cantidad de evidencias, tuvo que elogiar “la labor humanitaria y misericordiosa” de Rosas, agregando, casi premonitoriamente, que muchas veces “los historiadores pasan por alto”. Otrosí podría agregarse si nos refiriéramos no ya a la liberación de cautivas blancas, sino a la legislación antiesclavista de la época de la Confederación, que permitió disfrutar a enormes grupos de mujeres negras de una libertad que hasta entonces no habían conocido. Está el testimonio vivo del Cancionero Popular de la Federación si Andahazi no quiere recorrer las fatigosas páginas del Registro Oficial.

Le leímos una vez a Octavio Paz que todos tenemos en nuestras casas un tacho de basura, pero que sólo el enfermo mental y moral lo pone como centro de mesa.
Esto es lo que ha hecho Federico Andahazi, fiel a las predilecciones que ma

nifiesta en toda su literatura. Como lo igual busca lo igual, según enseñanza platónica, podría haber demorado su vista en el caso de La cautiva o Rayhuemy, aquella mujer objeto de las atrocidades indígenas, que rescatada un día –junto a tantísimas otras- por las tropas de Rosas, le agradeció al Jefe la patriada y recibió de su persona y de su política el sostén necesario para recomponer su existencia. Para eso tendría que haber tenido la magnanimidad del Padre Lino Carbajal, que investigó documentalmente el suceso, o la fina percepción de María Elena Ginobilli de Tumminello que trazó un acertado ensayo al respecto (cfr. su La política de Rosas y las mujeres cautivas, en Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, n.64, Buenos Aires, 2002, p. 120-133).

Podría, claro, Andahazi, con un alma semejante a la grandeza, haber contemplado este tipo de episodios en la biografía del Restaurador, y comunicárnoslos con elevadas miras pedagógicas, sin mengua de señalar y de reprobar, por contraste, cuantas miserias fueran apareciendo. Que para eso Aristóteles acuñó el género epidíctico. En lugar de este camino, eligió buscar el tacho de basura, preñarlo de escorias nuevas y ponerlo como centro de mesa. Buen catador de bahorrinas, tal vez tenga junto a los inspectores municipales del macrismo su próximo futuro asegurado.

V.-Entre mentiras y vampiros

Hasta aquí la objetiva refutación del inverosímil argumento de Federico Andahazi, con el que ha decidido sumarse a las ingloriosas bandas del antirrosismo, que tanto daño han hecho a la memoria nacional. Pero se nos permitirá entonces un argumento ad hominem. Porque el hombre que dice escandalizarse del amancebamiento de Rosas, gusta presentarse con atributos éticos que no lo convierten precisamente en un dechado. Si la sordidez, la promiscuidad, el sadismo, la sexolatría y la blasfemia campean en su obra, monotemáticamente preñada de un odio al Catolicismo, el porte jactancioso, narcisista, frívolo y hedonista campea en su talante. Por consiguiente, no se sobresalta su supuesta defensa de la dignidad humana –ésa que Rosas habría vulnerado- cuando confiesa su admiración por Drácula y por el vampirismo, ”porque el género gótico en general tiene esa relación carnal” (Cfr. Alejandra Rey, Entrevista…etc., ibídem). Está clarísimo. Quedarse viudo y tener una amante en el siglo XIX, convierten a Rosas “en un personaje deleznable” (ibídem). Admirar las relaciones carnales de Drácula, en el siglo XXI, convierten a quien así se expresa en un respetable hombre de letras.

Es en el sitio oficial de internet autoconsagrado a su apoteosis (http://www.andahazi.com/fotos.html) , no en algún suelto contra su persona, que transcribe orondo una respuesta dada a Rodrigo Arias en una entrevista aparecida en Uolsinectis. Leámosla: “No soy un escritor al que le interese la historia en relación con la verdad. Mis novelas no son históricas. Trato de apuntalar mi literatura en la ficción y si tengo que deformar la historia para apuntalar mi literatura, lo hago. Tanto "El Anatomista" como "Las Piadosas" están plagadas de inexactitudes deliberadas. Las construcciones de mis novelas son ficticias. Por otro lado, es curioso porque la literatura no tiene ningún nexo en relación con la verdad. La literatura está fundada por la ficción. No es más que una mentira más o menos bien contada”.

Lo grave e imperdonable de esta patética confesión no es el divorcio intencional entre los trascendentales del ser, segregando la belleza de la verdad y del bien, sino que esa historia que deliberadamente deforma y falsifica para apuntalar su literatura tiene a la Fe Católica y a la Cristiandad como objetos centrales de sus “inexactitudes deliberadas”. Tales, verbigracia, los espantosos casos de “La ciudad de los herejes” y “El Conquistador”, dos de sus engendros oportunamente festejados por la intelligentzia.

Lo grave, asimismo, es que ese criterio que lo guía, y según el cual es legítimo confundir y engañar al lector desprevenido con una novelística histórica sin verdad alguna, no lo circunscribe Andahazi exclusivamente al ámbito de la hipotética literatura de ficción, sino que lo lleva ahora al terreno de la historia propiamente dicha, en el que pretende ubicar sus dos tomos sobre La historia sexual de los argentinos.

Extraño destino el de nuestra historiografía, y aún el de “nuestro mayor varón”, como lo llamara Borges a Rosas. Ha tenido que soportar los embates del mitrismo, del academicismo masónico, de las izquierdas apátridas, de los periodistas ramplones, de los psicoanalistas advenedizos y de los egresados de la UBA. Ahora parece ser el turno de los pornógrafos. Del pornocipayismo de los mercaderes de morbo y de lujuria.

“Me siento libre”, escribía Don Juan Manuel de Rosas en su destierro. Y explicaba porqué. Porque “la justicia de Dios está más alta que la soberbia de los hombres”.

Esa justicia divina, en el más allá, ya habrá medido y pesado, con misericordia y rigor, el alma de aquel hombre singular por quien la Argentina conoció los días de su mayor honor y señorío. Pero aquí, en esta desangelada tierra que habitamos, la honra de los héroes genuinos, precisamente por ser tales, también les da a su memoria una libertad que está más alta que la soberbia humana.

Más alta que las páginas lúbricas de un patán, que las bajaduras de un inspector de bragas, está la verdadera historia que inclina su respeto y presenta sus armas y sus banderas invictas ante los gloriosos custodios de la soberanía material y espiritual de la patria, como lo fuera en vida Don Juan Manuel de Rosas.

Alguien dice la verdad, por Antonio Caponnetto



Este blog, sugiere cambiar a federico andahazi por Lucio V. Mansilla…

Antonio Caponetto, como siempre, ¡¡un lujo!!

Vladimir Soloviov - Monografía -

Retrato de Vladímir Soloviov
(Iván Kramskoi, 1885)

Introducción

Una de las principales aspiraciones de Vladimir Soloviov, que conocía bien la oración que Cristo dirigió a su Padre durante la última Cena (cf. Jn 17, 20-23), era la unidad de la Iglesia.

Formado desde su más tierna infancia en la profunda espiritualidad ortodoxa, vivió diferentes períodos culturales, durante los cuales pudo familiarizarse con el pensamiento filosófico occidental. Pero, defraudado por las respuestas incompletas que la reflexión humana daba a los interrogantes que atormentaban su corazón, en 1872 volvió a la fe cristiana de su infancia.

Su pensamiento, apoyado en la sabiduría de Dios y en los fundamentos espirituales de la vida, así como sus intuiciones concernientes a la filosofía moral y al sentido de la historia humana, han influido en el rico florecimiento del pensamiento ruso contemporáneo, y han repercutido igualmente en la cultura europea, favoreciendo un diálogo fecundo y enriquecedor sobre algunas cuestiones fundamentales de la teología y la espiritualidad.

Soloviov cultivó, sobre todo a partir de los años de su madurez, el ardiente deseo de que las Iglesias entraran igualmente en una perspectiva de encuentro y comunión, aportando cada una los tesoros de su tradición, pero sintiéndose mutuamente responsables de la unidad sustancial de la fe y de la disciplina eclesial.

El estudio de su pensamiento sobre la naturaleza universal de la Iglesia de Cristo pondrá una vez más de relieve, el deber de las comunidades cristianas de Oriente y de Occidente: ponerse a la escucha de la voluntad de Cristo sobre la unidad de sus discípulos. Soloviov estaba convencido de que únicamente en la Iglesia de Cristo la humanidad podría llegar a una convivencia plenamente solidaria.

Piedra angular

La búsqueda de la unidad a todos los niveles, la «unitotalidad», según la expresión acuñada por él, puede considerarse la piedra angular que sostiene y da coherencia a todo el sistema de este pensador absolutamente original, a menudo paradójico y «extraño», a quien resulta imposible, “reducir” a los esquemas de la cultura académica.

Soloviov, que poseía además de extraordinarias dotes intelectuales una profunda sensibilidad poética, contribuyó más que nadie al renacimiento espiritual ruso del siglo XX, y es autor de la creación especulativa más universal de la edad moderna, una obra tan monumental, que le valió el apelativo de « el santo Tomás de la Iglesia de Oriente».
Sin embargo, tal unidad, no procede, para Soloviov, de un principio abstracto, un principio universal teórico o ético, sino de la persona viva de Jesucristo, punto fundamental de su vida y de su pensamiento.

A esta presencia viva, se dirige Soloviov como hacia el amigo más íntimo y querido, «mi Cristo», criterio de todo lo que el hombre piensa y siente y, sin embargo, irreductible tanto a sentimientos subjetivos como a valores o conceptos abstractos, ya que es inseparable de la Iglesia: «Para nosotros Dios no tiene realidad sin Cristo, Dios-hombre; es más, el mismo Cristo dejaría de ser real para nosotros, si no fuera más que un recuerdo histórico: es preciso que se nos revele en el presente.

Y esta revelación presente, debe ser independiente de nuestra limitación individual. Esta realidad de Cristo y de su vida, independiente de nuestros límites personales, nos es dada en la Iglesia.

La separación entre “conciencia” y “ser”

La potencia y la coherencia de esta visión, que refleja plenamente la «actitud ortodoxo-católica», se manifiestan sobre todo en el juicio crítico que Soloviov hace del desarrollo de la cultura filosófica occidental, cuyo error fundamental radica en la separación entre conciencia y ser, separación que no puede sino terminar desintegrándose en extremismos dialécticos opuestos, con un resultado inevitablemente nihilista, que constituye un verdadero suicidio.

Estos extremos se ponen de manifiesto de forma aún más clara en la posición que Soloviov asumió, respecto del «escándalo» de la separación entre cristianos, especialmente entre ortodoxos y católicos, y más en general, respecto del problema del pluralismo religioso.

Como es sabido, la actitud ecuménica de Soloviov, tanto desde un punto de vista existencial, como teórico, fue compleja y aparentemente contradictoria.

Pese a haber llegado a aceptar explícitamente a la Iglesia de Roma tanto en el nivel dogmático, como en la práctica sacramental, nunca se convirtió formalmente, o por lo menos, no abjuró jamás de la ortodoxia. Es más, siguió desalentando cualquier forma de conversión individual o de unión exterior, considerada por él, «no sólo inútiles, sino incluso nocivas para la obra universal». Estas actitudes resultan incomprensibles para una perspectiva que reduce el ecumenismo a un problema de conversión de una tradición a otra, o a una forma de indiferencia.

La “unidad” como un don originario

Para Soloviov, “la unidad” no es una obra que los hombres puedan o deban construir con sus fuerzas, sino un don originario, un dato ya presente —aunque oscurecido por las divisiones históricas— que nos es ofrecido por la persona de Cristo.

Por eso «el problema no consiste en crear una única Iglesia universal, Iglesia que en su esencia y a pesar de todo ya existe en la actualidad, sino en hacer que la manifestación visible de la Iglesia se vuelva conforme a su esencia».

Catolicismo y ortodoxia están unidos por los vínculos divino-humanos del sacerdocio, de la tradición dogmática y de los sacramentos, «pero en estos vínculos constitutivos, actúa el Espíritu de Cristo: Dios-Hombre y no nuestro espíritu personal».

La unidad de ambas Iglesias, «que existe ya en Cristo y en la acción de su Gracia, debe realizarse en nuestra realidad personal»: el problema del ecumenismo es, ciertamente, un «problema de conversión», pero de conversión a Cristo presente.

Contenido irreductible del cristianismo

La conversión a Cristo, como imperativo ante todo, para los cristianos, es el modelo con el que Soloviov afronta también la relación con las demás religiones. La persona de Jesús, que es el contenido irreductible del cristianismo, la única «verdad» que lo distingue originalmente, es también, justamente por eso, la verdad de cada hombre y de cada cultura, capaz de valorar y de llevar a cumplimiento todo cuanto de verdadero, bello y justo ha presagiado, deseado y expresado cada hombre y cada tradición religiosa.

También, en este caso, la posición de Soloviov (aun manifestando máxima apertura y simpatía hacia las características positivas de las grandes religiones, desde el judaísmo y el islam hasta las antiguas tradiciones orientales y el budismo, de las que ofrece análisis agudísimos y de una actualidad desconcertante), está muy lejos de esas formas de relativismo tan políticamente correctas en la actualidad.

Ningún riesgo de «sincretismo»

Merece la pena transcribir un largo pasaje de Soloviov —citado en la conferencia de Adriano Dell'Asta— sobre la religión universal, ya que despeja, de forma lúcida y definitiva, un equívoco sincretista, «la espiritualidad sin dogmas», que hoy, es continuamente propuesto como si se tratase de una evidencia racional o de un imperativo moral: «La religión debe ser universal y única —observa Soloviov—. Pero para esto, no basta, como piensan algunos, con quitar de las religiones existentes, todos los rasgos particulares que las diferencian, privándolas de su individualidad positiva. Esta generalización y unificación de las religiones, esta reducción a un único exponente, da como resultado un mínimo de contenido religioso.
Entonces, ¿por qué no proceder a reducir la religión al mínimo absoluto, es decir, a cero? Esta religión abstracta, a la que se ha llegado por medio de la negación lógica (llamada religión racional, natural, deísmo puro o cualquier otra cosa) sirve siempre a las inteligencias consecuentes como puente hacia el ateísmo total, mientras que logra retener únicamente a las mentes superficiales y a los caracteres débiles e insinceros. Es evidente que desde el punto de vista religioso, la meta no puede ser un “mínimo positivo”. Un maximum positivo y una forma religiosa, serán superiores, cuanta mayor riqueza, vida y concreción tengan. La religión perfecta, no es la que se conserva de igual modo en todas las religiones (el contenido indiferenciado de las religiones), sino la que contiene a todas, en sí misma, (la plena síntesis religiosa).
El fanatismo ignorante que se aferra a una única tradición particular (...) y el racionalismo abstracto que disuelve todas las religiones en un magma de conceptos indeterminados, haciendo confluir todas las formas religiosas en una única generalidad vacía, impotente e incolora, son igualmente contrarios al verdadero concepto de religión».

En el fondo de toda tradición

A esta imagen de verdad como «supersistema», vacío y abstractamente homologador, Soloviov opone la necesidad, para cada tradición religiosa, de convertirse ante todo a sí misma, de ir al fondo de las características y de las exigencias que constituyen la fisonomía única de su propia autodefinición, para encontrar al final de este recorrido, mediante el testimonio de los cristianos, la novedad imprevisible y absolutamente gratuita de la verdad cristiana: la persona de Cristo, «lo más querido para nosotros, pues sabemos que en Él reside corporalmente toda la plenitud de la Divinidad».

Las doce Lecciones sobre la Divino humanidad son una profundización del misterio cristiano a la luz de la doctrina de la sofía (la sofiología). Es importante advertir que mediante tal doctrina, Soloviov fue el iniciador de una cristología cósmica “que apunta a explicar la esencia de la creación y revelar su unidad”, en la cual P. Evdokimov identificó la mayor “gloria de la teología ortodoxa actual”.

Que este optimismo se justifique, es enteramente otra cuestión, tanto más cuanto que muchos teólogos ortodoxos, ven sospechosamente la sofiología (...). Con todo, no se puede negar que la visión cósmica de la teandria, (humanidad divina), capaz de transfigurar en Cristo todo lo creado, introdujo un desarrollo, del todo inédito, en el pensamiento cristológico ortodoxo.

Incluso en los últimos capítulos de Los Hermanos Karamazov, de Dostoievski, se advierte el eco de estas lecciones de Soloviov.

En el volumen “Los fundamentos espirituales de la vida”, en páginas densas y apasionadas, Soloviov retoma los temas cristológicos y llega a la eclesiología.

En el prefacio, sintetiza su pensamiento: “tal como Dios adquiere carácter real para nosotros en Cristo, así Cristo se revela y adquiere carácter real para nosotros en la Iglesia”. “Fuera de ésta se corre riesgo de ir tras los fantasmas de nuestra imaginación”. “Ya no debemos buscar la plenitud de Cristo en nuestro ambiente personal, sino en la esfera que le es propia y es universal, es decir, en la Iglesia”.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, divina y humana al mismo tiempo. Por consiguiente, necesita un vicario de Cristo en la Tierra, es decir, el Papa. A semejante conclusión llega Soloviov en la obra “Rusia y la Iglesia universal”.

En ésta se lee la famosa profesión de fe en la cual se encuentra la quintaesencia de las convicciones de Soloviov: «Como miembro de la verdadera y venerable Iglesia ortodoxa oriental o greco-rusa, que no habla mediante un sínodo anticanónico, ni mediante empleados del poder secular, sino con la voz de sus grandes Padres y Doctores, yo reconozco como juez supremo, en materia religiosa, a aquel que fue reconocido por San Ireneo, San Dionisio el Grande, San Atanasio el Grande, San Juan Crisóstomo, San Cirilo, San Flaviano, el Beato Teodoro el Estudita, San Ignacio, o sea, el apóstol Pedro que vive en sus sucesores y no escuchó en vano las palabras del Señor:

“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia. Confirma a tus hermanos. Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos”».

El gran sueño de Soloviov, es por lo tanto, una Iglesia unida en Cristo, bajo el primado de Pedro y sus sucesores.

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Vladímir Soloviov (1853-1900) Filosofo, poeta, crítico literario, desarrolló un significativo papel en el desarrollo de la filosofía y la poesía rusas de finales del XIX, y en el renacimiento espiritual de principios del XX.

“Voy a hablar de las verdades de la religión positiva; de asuntos, pues, muy alejados y muy extraños a la conciencia contemporánea. Pero es que la civilización contemporánea se interesa por cosas que ni interesaron ayer ni interesarán mañana. Permítaseme, por tanto, preferir aquello que es igualmente importante en todo tiempo. Por lo demás, no voy a entrar a polemizar con quienes, en la época actual, mantienen una actitud negativa hacia el principio religioso; y digo que no voy a disputar con los adversarios contemporáneos de la religión porque tienen razón. Afirmo que quienes rechazan la religión hoy en día tienen razón, porque el estado actual de la propia religión suscita rechazo; porque la religión, de hecho, no es lo que debería ser”.

En su breve vida, Vladímir Soloviov (1853-1900) elaboró uno de los sitemas filosóficos más originales del siglo XIX y se constituyó en referencia obligada para la cultura rusa del cambio de siglo, que acusa su influencia no sólo en el ámbito estricto de la filosofía (N.Lossky, P. Florensky, S. Frank, S. Bulgákov), sino también en el campo general del arte y la literatura (A. Blok, A. Biely). Animado siempre por la voluntad de alumbrar una nueva síntesis entre el pensamiento filosófico y científico de Occidente y las tradiciones espirituales de la cultura rusa, Soloviov concibió “Teohumanidad” como introducción sistemática a los principios generales de su doctrina.



Resumen de "Un Canto a la Patria"

En los años 70 asolaba el terrorismo, asesinatos, secuestros, bombas, atentados, violencia sin fin, familias destruídas.

El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) anhelaba tomar el poder por las armas. No respetaba al gobierno democrático. Perón acababa de morir. El país era un caos. El coronel Argentino del Valle Larrabure se desempeñaba como subdirector de la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de Villa María (Cba.). Un grupo de terroristas fuertemente armados en un ataque certero, facilitado por la complicidad de un soldado entregador (Pettigiani), copa el establecimiento, sorprendiendo en una fiesta al joven ingeniero militar, es tomado de rehén, en lo que sería el cautiverio más largo de toda la historia argentina.

Su hijo, Arturo Cirilo, después de treinta años narra su vida, su secuestro, su prisión en la cárcel del pueblo, su muerte. Un libro crudo que lo hará emocionarse hasta las lágrimas.
Catalogado una obra de “Historia Argentina”, sin duda será leída y enseñada por los profesores de “Derechos Humanos”.

Contiene 480 páginas con más de 130 imágenes.

Recorrerá los 372 días de su calvario. Conocerá así la comunicación entre el militar y su familia. Sus cartas, sus poesías, sus papeles, sus mensajes cargados de un profundo amor a su patria, a sus seres queridos, al Ejército Argentino. Las solicitadas de su mujer y de sus hijos, de sus amigos, alumnos y familiares.

Su diario personal entregado dos años después de su muerte a la revista Gente.

Podrá conocer cómo y dónde transcurrieron sus últimos meses de vida. Compartieron su soledad dos industriales, sus testimonios, lo escuchaban cantar muy alto, nuestro Himno Nacional.

Eligió ser mártir, ante el ofrecimiento de trabajar como asesor de las fábricas de armamento convencional y químico de la guerrilla, prefirió la muerte. Leerá un documento escrito por Santucho, jefe del ERP, que describe la negativa profunda del coronel.

Su actitud firme, hasta desafiante, permitió inclusive la admiración de sus captores.
Su cuerpo deja el testimonio del horror. Para Larrabure no existieron los “Derechos Humanos”

Soportó con estoicismo todo el tormento al que fue sentenciado. Su vida fue un ejemplo.
Su familia, sus hijos, sus nietos, sus amigos rinden así un homenaje a treinta años de su muerte.

Un canto al amor, al perdón, a la paz y a la Patria.

Lic. Arturo Cirilo Larrabure
alarrabure@hotmail.com

Fuente: MEMORIA COMPLETA

http://larrabure.blogspot.com/

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Nos colocamos bajo la protección del artículo 19 de la Declaración de Derechos Humanos, el cual estipula: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.” Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de Diciembre de 1948 en París.

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